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Argentina en la final del Mundial: identidad, historia y el peligro de simplificar sociedades complejas

La autora de este artículo es la socióloga Cecilia Milesi, fundadora del Global Change Center y Subir al Sur, y fue escrito horas antes de la disputa del partido final de la Copa Mundial de Fútbol, entre la Argentina y España.

Durante las últimas dos semanas he observado un fenómeno que, como socióloga argentina que ha dedicado décadas al estudio del poder, las desigualdades, la justicia social y la descolonización, me resulta tan fascinante como profundamente preocupante.

Casi de un día para otro, pareciera que muchas personas llegaron a la conclusión de que “Argentina es un país racista”. Personas que nunca han estudiado seriamente la historia argentina, su desarrollo político, sus movimientos sociales o sus debates intelectuales hablan con notable seguridad sobre quiénes somos. Sus conclusiones suelen basarse en videos virales, publicaciones de Instagram o narrativas simplificadas que condensan más de doscientos años de historia en unos pocos mensajes impactantes.

¿Existe racismo en Argentina? Por supuesto que sí.

Pero Argentina es muchísimo más compleja, diversa, contradictoria y rica desde el punto de vista histórico que la simple afirmación de que una nación puede definirse como “racista” o “no racista”.

Como la mayoría de los Estados nacionales latinoamericanos, Argentina surgió después de la independencia en un contexto global profundamente influenciado por las ideas europeas del siglo XIX sobre raza, civilización y supremacía blanca. Buena parte de las élites políticas, militares e intelectuales que lideraron el proceso independentista se formaron en Europa o estuvieron fuertemente influenciadas por las corrientes filosóficas, políticas y sociales europeas. Sus vínculos con el continente europeo también se reflejaban en sus historias familiares, sus raíces y, en algunos casos, incluso en los lugares donde hoy descansan sus restos.

Estas ideas influyeron profundamente en la construcción del Estado y contribuyeron al desarrollo de instituciones y prácticas excluyentes. Reconocer esa historia es indispensable.

La historia argentina incluye las devastadoras consecuencias de ideologías racistas y de la violencia estatal, entre ellas la persecución y el exterminio de pueblos indígenas y afrodescendientes promovidos por algunos líderes políticos del siglo XIX, como Juan Manuel de Rosas, Domingo Faustino Sarmiento y Julio Argentino Roca. Estos dirigentes fueron producto de las ideas de jerarquía racial y de “civilización” predominantes entre las élites occidentales de la época.

Pero el racismo no es un fenómeno exclusivo de Argentina. Existe, con diferentes expresiones e historias, prácticamente en todas las sociedades del mundo. Argentina forma parte de una realidad histórica global en la que el racismo ha sido moldeado por el colonialismo, los sistemas de explotación, las jerarquías sociales y las relaciones desiguales de poder.

Por eso, la pregunta no debería ser simplemente si Argentina es o no un país racista. La pregunta más relevante es cómo el racismo se produjo, fue cuestionado y continúa transformándose dentro de Argentina, del mismo modo que ha ocurrido —y sigue ocurriendo— en prácticamente todas las sociedades.

Reducir dos siglos de luchas políticas, transformaciones sociales y proyectos de país en disputa a la afirmación de que “los argentinos son racistas” no constituye un análisis histórico. Es, simplemente, otra forma de simplificación.

La historia argentina también es la historia de los pueblos indígenas, de las organizaciones afrodescendientes, de los organismos de derechos humanos, de los movimientos feministas, de los sindicatos, de las organizaciones LGBTIQ+ y de millones de personas que han luchado por ampliar derechos y desafiar la exclusión.

La historia argentina es también la historia de una sociedad que fue capaz de enfrentar algunos de sus momentos más oscuros y construir mecanismos ejemplares de memoria, verdad y justicia. Entre los numerosos avances alcanzados como resultado de estas luchas se encuentran:

  • La CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) y el informe Nunca Más (1984), que investigó las desapariciones forzadas ocurridas durante la última dictadura militar (1976–1983) y se convirtió en un referente mundial en la búsqueda de la verdad, la memoria y la justicia.
  • El Juicio a las Juntas y los posteriores juicios por delitos de lesa humanidad, que establecieron la responsabilidad penal de quienes llevaron adelante el terrorismo de Estado y consolidaron a la Argentina como un referente internacional en materia de derechos humanos.
  • La derogación de las leyes de impunidad y la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad, que permitió continuar investigando y juzgando a los responsables de desapariciones forzadas, torturas y otras graves violaciones de los derechos humanos.
  • La Ley Antidiscriminatoria (Ley 23.592), que brinda protección jurídica frente a actos de discriminación.
  • La creación del INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo), como organismo público dedicado a prevenir y combatir la discriminación.
  • La Ley de Matrimonio Igualitario (2010), que convirtió a la Argentina en el primer país de América Latina en reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo.
  • La Ley de Identidad de Género (2012), reconocida internacionalmente como una de las legislaciones más avanzadas del mundo en esta materia.
  • La Ley de Cupo Laboral Travesti-Trans, destinada a reducir las barreras estructurales que enfrentan las personas travestis y trans en el acceso al empleo público.
  • El reconocimiento de las identidades no binarias en la documentación oficial.
  • La Ley 26.852, que instituyó el Día Nacional de los Afroargentinos y de la Cultura Afro y promueve el reconocimiento de la historia y el aporte de la comunidad afroargentina.

Nada de esto significa que Argentina haya superado el racismo o la discriminación. Claramente no lo ha hecho. Tampoco significa que todos los gobiernos hayan defendido estos avances. Muchas de estas conquistas continúan siendo objeto de disputa política, reflejando una tensión permanente entre proyectos de sociedad más inclusivos y otros que buscan sostener formas de exclusión.

Pero Argentina también es su gente.

Somos una sociedad diversa, construida a partir del encuentro entre pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes, migraciones europeas y aportes de múltiples culturas del mundo que, durante más de dos siglos, han dado forma a quienes somos hoy. Esa diversidad puede verse en los rostros de nuestra gente —incluidos los que aparecen en la imagen que acompaña esta publicación— y también en mi propia historia familiar: las raíces indígenas y españolas de mi madre, la herencia italiana y afrodescendiente de mi padre, y mi hija y yo como una expresión viva del encuentro entre todas esas historias.

Desde la escuela primaria hasta la universidad, las y los argentinos estudiamos nuestra historia política, incluidas las ideas racistas y las políticas que marcaron parte de nuestro pasado. Pero también aprendemos sobre las múltiples luchas contra la exclusión y en favor de una mayor igualdad y justicia social. Nuestros sistemas educativos y los debates públicos forman parte de una discusión permanente sobre cómo comprendemos nuestra historia y nuestra identidad colectiva.

La identidad argentina también ha sido moldeada por la migración. Históricamente, nuestro país ha recibido personas de distintas partes del mundo y continúa haciéndolo en la actualidad, acogiendo a migrantes y refugiados provenientes de países como Venezuela, Senegal y Ucrania. Como toda sociedad, Argentina enfrenta desafíos en materia de inclusión y discriminación, pero esta tradición migratoria también forma parte de la complejidad y la riqueza de quienes somos.

El desafío no consiste en negar la existencia del racismo, ni tampoco en negar los avances logrados. El verdadero desafío es reconocer la complejidad y seguir construyendo una sociedad donde la dignidad y los derechos humanos de todas las personas sean plenamente respetados.

Más que juzgar a una nación entera a partir de narrativas simplificadas, invito a mirar con mayor profundidad los sistemas globales que históricamente han producido desigualdad: estructuras coloniales, capitalistas, extractivistas y racializadas que han operado a escala mundial y que continúan dividiendo a personas, comunidades y países.

El racismo no es un problema exclusivamente argentino, ni siquiera exclusivamente latinoamericano. Es un desafío histórico global que adopta distintas formas en Europa, América, África, Asia y Oceanía, a través de la raza, la etnia, la casta, la religión, la nacionalidad, la condición migratoria y otras formas de jerarquización y exclusión.

Celebro que estas conversaciones estén teniendo lugar en el marco del Mundial, porque generan oportunidades para debatir sobre identidad, historia y justicia. Pero también invito a que vayamos más allá de las narrativas virales y hagamos el esfuerzo de comprender las raíces históricas más profundas del racismo y de las desigualdades, incluidas las estructuras e ideas globales que han moldeado el mundo en que vivimos.

Quizás una de las preguntas más importantes no sea solamente cómo analizamos el racismo como un desafío global, sino también cómo construimos certezas en la era de las redes sociales. ¿De qué manera las plataformas digitales están transformando nuestras sociedades, moldeando nuestras percepciones e influyendo en nuestras decisiones políticas? Lo vemos no sólo en los debates sobre Argentina, sino también en numerosos países europeos y en muchas otras regiones del mundo, donde la desinformación, la manipulación y las narrativas polarizantes están contribuyendo al crecimiento de movimientos de extrema derecha.

Antes de juzgar a toda una nación, quizás deberíamos dedicarle más de quince minutos a conocer su historia.

Nota al pie: La cuestión Malvinas/Falklands

La cuestión de las Islas Malvinas/Falklands constituye un tema diferente y sumamente complejo, que requiere un análisis histórico, jurídico y geopolítico mucho más profundo. Incluyo esta breve referencia únicamente para aportar contexto.

También vale la pena recordar que el reclamo argentino de soberanía sobre las Islas Malvinas ha sido sostenido durante décadas por amplios sectores del sistema democrático argentino y se fundamenta en el derecho internacional y en las reiteradas resoluciones de las Naciones Unidas que instan a la Argentina y al Reino Unido a reanudar las negociaciones sobre la soberanía.

Desde la perspectiva histórica argentina, luego de tres intentos fallidos de invasión británica al entonces Virreinato del Río de la Plata, el Reino Unido ocupó las Islas Malvinas en 1833. Desde entonces, Argentina ha mantenido de manera ininterrumpida su reclamo de soberanía. Asimismo, las islas poseen una enorme importancia estratégica por su ubicación en el Atlántico Sur y su proyección hacia la Antártida, razón por la cual también constituyen un enclave geopolítico de relevancia para el Reino Unido y su principal aliado, los Estados Unidos.

Este diferendo diplomático e histórico no debe confundirse con el nacionalismo étnico ni con la supremacía racial. Se trata de debates profundamente distintos.